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Biografía

  Me crié en casa de un pintor de talento, mi padre. Siempre estuve rodeado de cuadros; yendo con mi padre a los estudios de diferentes colegas, a museos, a casas de clientes de retratos o haciendo los mismos en el parque del Retiro y en los paseos marítimos de las playas españolas.

Yo con 6 años

(Yo con 6 años)

  Pero fue a la edad de 6 años cuando vi algo que se salía de lo normal, esos cuadros te hacían entornar los ojos, ¡deslumbraban!, parecía un truco de magia en el que tras la tela hubiera un foco de luz… además el cuadro, aparentemente de abrupta ejecución, se mostraba perfecto y precioso. Había conocido el impresionismo de la mano de J. Sorolla. Mi padre, que siempre me lo explicaba todo y del que todo lo aprendí, me habló de cómo un naranja apagado podía resultar más brillante que el mismisimo blanco (ver “Las dos hermanas”), de que en lo relativo a la luz todo dependía de la relación de los colores entre sí más que de su valor en sí mismo.

Sorolla pintando

(Sorolla pintando)

 La verdad es que aún no entendía bien todo lo que me decía, pero no paraba de prestarle atención; ¿qué define el matiz de una sonrisa?, ¿qué diferencia una sonrisa sincera de una amarga o triste?... Ya a esa edad me regaló un juego de pinceles, acuarelas y óleos, pero nada me salía como quería, debido a ello cada vez le admiraba más por la forma tan rápida y extraña de hacer sus retratos y de cómo conseguía que un esbozo basto se tornara, de repente, en un rostro con una expresión tan nítida y fiel.

 Pero, como por suerte o por desgracia siempre fui testarudo, pintaba y pintaba y, a la edad de 9 años para un concurso de pintura del colegio pinté, lo que para mí era, un óleo de una virgen perfecto. Habría que verlo ahora, claro, seguro repleto de defectos, pero era muy niño y por fin había hecho coincidir la imagen que había en mi mente con lo que plasmaba el lienzo. En fin, el caso es que el profesor no me dejó presentarlo al concurso porque decía que no lo había hecho yo… la desilusión me duró mucho, exactamente 14 años sin tocar un lápiz.

 Ya con 23 años comencé a hacer esbozos, todo ello debido a que tuve un trabajo en el que no había de hacer nada, y esa inactividad me provocaba sueño. Dibujar era entonces la forma de mantenerme despierto. Al lápiz le siguió el carbón, los pasteles… hasta que encontré en los acrílicos la vía más adecuada; son limpios, no huelen y el acabado tiene fuerza, ¡eso, mucha fuerza!, porque si algo buscaba eran los fuertes contrastes, de luz y de color… eran pinturas agresivas, sería por el exceso de ganas de recuperar esos años perdidos.

 Aquella pasión revivida derivó en que a partir de entonces no veía formas; ni casas, ni coches, ni personas… sólo veóa colores, como si padeciera agnosia visual. En la piragua (otra gran pasión) me preguntaba el porqué de los reflejos del agua, el cambio de la luz en los atardeceres, la complejidad de las sombras de un rostro… es increíble la cantidad de manchas hermosas que nos rodean.

Lago en manchas

(Lago, Casa de Campo)

  Un día fui a una tienda de pintura a comprar más acrílicos. Tuve que esperar mucho pues había mucha clientela. Para entretenerme cogí un tubo de óleo y lo abrí. Me cautivó volver a encontrarme con el olor suave y dulzón del aceite de lino. Inmediatamente cogí un bote de barniz holandés, también para olerlo y después otro de aguarrás… esa mezcla de olores, esa peste, olía a arte, a estudio, a pasión, a historia, a mi infancia. No tardé en volver a pintar con óleos, ¡eso!, para hacerlo como aquellos a los que admiro tanto, los que tanto me enseñan y a los que cada vez más aprecio:

  “…de Velázquez la técnica perfecta, de Miguel Ángel el dominio de la anatomía humana, Leonardo da Vinci es la inteligencia aplicada a la pintura, Vermeer la dulzura, la suavidad, Renoir la espontaneidad cromática, pero sobre todo Sorolla y Singer Sargent; el espectáculo, la luz y la emoción.”

Gracias papá.

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